Salvador Vico


Joyería Futurista

La creacion de Salvador Vico se caracteriza por una extraordinaria fuerza expresiva, formas, texturas y tonos dan vida a la "Joyería experimental", sin duda una muestra con infinidad de símbolos que denota la inagotable imaginación de su autor.
De formación eminentemente clásica, lleva más de veinte años dedicados al oficio de joyero en su ciudad natal; en su obra más personal sus piezas adquieren volúmenes y formas que se asemejan a esculturas de pequeño formato, donde se puede apreciar la voluntad del autor por encontrar un nexo de unión entre toda su obra.
Galería de Salvador Vico en ARLEQUIN PLASTICA

Manifiesto de la Joyería Futurista:
FORMAS ÚNICAS
DE CONTINUIDAD EN EL ESPACIO

Queremos apartarnos de la concepción de joya como objeto de uso personal, para nosotros nuestra disciplina se iguala por méritos propios con la pintura y la escultura ,no queremos que pertenezca, en el mejor de los casos, a las artes decorativas o menores. Por tanto tenemos que acabar con el valor utilitario, no hagamos más anillos, pendientes, colgantes, etc., que nuestras obras sean sólo eso, obras, al igual que un cuadro o una escultura. Que el valor verdadero de lo que hacemos esté en la propia obra y no en sus materiales, no utilicemos metales mal llamados preciosos, si algo es bueno que sea por su concepción y realización. Aprovechemos los verdaderos metales, experimentemos con éllos ... No ensuciemos nuestras obras con piedras ni demás sulcedáneos. Utilicemos pintura, esmaltes, plásticos... que nuestras piezas se llenen de vida, de color, de sensaciones. Que nos inspire la velocidad, el movimiento, las grandes ciudades... rapidez... simultaneidad... dinamismo... Intentemos plasmar sensaciones con nuestros metales, usemos sus distintos colores, hagamos infinitas aleaciones, inventemos nuevos tonos... jugemos con las texturas de sus superficies. Si logramos unir en nuestras obras todo lo anterior, lograremos la llave que abre la puerta de un prometedor FUTURO. Hagamos siempre obras únicas, irrepetibles que no se puedan mecanizar en serie , ese trabajo lo dejamos para otros, no nos interesa, nosotros tenemos compromisos más importantes. Acabemos de una vez con esos parásitos llamados "diseñadores", nuestras obras son por entero nuestras... si no sabéis hacerla con vuestras manos mejor es que os dediques a otra cosa y no viváis a nuestra costa.
Salvador Vico.2007
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TRAYECTORIA PROFESIONAL

Joyero por tradición familiar, comenzó el aprendizaje del oficio a los 16 años.En el año 92 me independizo abriendo mi taller de joyería en Valladolid, donde realizo trabajos de encargo y diseños propios.
CURSOS REALIZADOSJoyería de los siglos XIX y XX. Fecha 1997-98.Horas: 120Joyería de los siglos XIX y XX. Fecha 1998-99.Horas: 150La Joyería como Arte: Fecha: 2000-01. Horas: 150Todos ellos realizados en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. (UNED).Grabado con Buril sobre metal. Fecha: Septiembre/Octubre 2003. Horas: 30.Engastes para Joyería. Fecha: Octubre/Noviembre 2003. Horas 30.Realizados en el Centro Regional de Artesanía de Castilla y León.
EXPOSICIONES COLECTIVASSegundo Salón de Diseño de Castilla y León. Fecha: Noviembre 1998. (Valladolid).Centros Cívicos de Valladolid. (Abril-Junio 2001).Centro Cultural Villalón de Campos. (Julio 2001).Ayuntamiento de Iscar. (Julio-Agosto 2001).Casa de Cultura de Medina del Campo. (Octubre-Noviembre 2001).Edificio del Reloj Olmedo. (Diciembre 2001).Sala de Exposiciones Teatro Principal Burgos (Abril 2002).“VIII Concurso de Pieza Única.Sala de Exposiciones Teatro Principal Burgos. (Abril 2003).“VIII Concurso de Pieza Única.I Muestra de Joyería Artesanal Regional.Museo del Vidrio.Real Fabrica de Cristales de la Granja (Segovia). Del 26 de Junio al 6 de Julio de 2003.

Una entrevista a Charles Bukowski



Charles Bukowski

entrevistado por Sean PENN
(...y Madonna en la foto)
POR SEAN PENN

Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. A los tres años de edad llegó a los Estados Unidos y creció en Los Angeles. Actualmente reside en San Pedro, California, con su esposa, Linda. Famoso borracho, peleador y mujeriego, Genet y Sartre lo llamaron “el mejor poeta de los Estados Unidos”, pero sus amigos lo llaman Hank.
La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”.
La soledad: “Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar”.
Bares:“Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar”.
El alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no”.
Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: ‘¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?’”.
Pelear: “La mejor sensación es cuando golpeás a un tipo que no se supone que puedas golpear. Una vez me metí con un tipo, me estaba insultando. Le dije: ‘Bueno, adelante’. No tuve ningún problema, le gané la pelea fácilmente. Estaba tirado en el piso. Tenía la nariz ensangrentada. Me dijo: ‘Jesús, te movés siempre tan lentamente que pensé que serías fácil. Y cuando empezó la condenada pelea, ya no podía ver tus manos, te volviste tan rápido. ¿Qué pasó?’. Le dije: ‘No sé, hombre. Así son las cosas. Uno ahorra para cuando tiene que usarlo’”.
Los gatos: “Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo”.
Las mujeres y el sexo: “Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿Adónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”.
La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo de que me decía: ‘Hank, sos un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué querés decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabés nada. Dejame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Sos buen estudiante, entendés rápido’. Eso fue todo. (Está un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo hacés”.
El sexo antes del sida (y su casamiento):“Yo nada más entraba y salía de entre las sábanas. No sé, era como un trance, un trance de coger. Y las mujeres... uno les decía algo, las tomaba de la muñeca, ‘vamos, nena’, las guiaba hasta el dormitorio y se las cogía. Cuando uno entra en el ritmo, sigue adelante. Hay un montón de mujeres solitarias allá afuera. Son lindas, pero no se saben conectar. Están sentadas solas, van al trabajo, vuelven a la casa... es algo maravilloso para ellas que un tipo se les aparezca. Y si se sienta cerca, bebe y habla, es entretenimiento. Estuvo bien, tuve suerte. Las mujeres modernas... no te cosen los botones”.
Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga pitada a su cigarrillo.) Es así. La pitada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga... la magia”.
La poesía: “Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra ‘poeta’ o ‘poesía’, todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”.
Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerle y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”.
Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.
Su material de lectura favorito: “Leí en el The National Enquirer una nota titulada ‘¿Es su marido homosexual?’. Linda me dijo: ‘¡Tenés voz de puto!’. Yo dije: ‘Oh, sí, siempre me lo pregunté’. Ese artículo decía: ‘¿Su marido se depila las cejas?’. Y yo pensé, mierda, lo hago todo el tiempo. Ahora sé lo que soy. Me depilo las cejas, soy un puto. Es muy amable de parte de The National Enquirer decirme lo que soy”.
El humor y la muerte: “El último gran humorista era un tipo llamado James Thurber. Pero su humor era tan magnífico que tuvieron que ignorarlo. Este tipo era, podría decirse, un psiquiatra de las edades. Tenía algo ambiguo, hombre-mujer, veía cosas. Era sanador. Su humor era tan real que uno gritaba de risa, era como una liberación frenética. Aparte de Thurber, no puedo pensar en nadie... Yo tengo algo de humorista, pero no como él. No llamo humor a lo que tengo, lo llamo un ‘filo cómico’. Estoy colgado en eso. Casi todo lo que pasa es ridículo. Cagamos todos los días. Eso es ridículo, ¿no te parece? Tenemos que seguir meando, poniendo comida en nuestras bocas, nos sale cera de los oídos. Tenemos que rascarnos. Cosas feas y tontas, ¿o no? Las tetas no sirven para nada, salvo...”.
Nosotros: “La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos: ‘Te amo’. Nos carbonizamos y producimos mierda, pero no nos tiramos pedos cerca del otro. Todo tiene un filo cómico”.
Ganar: “Y después nos morimos. Pero la muerte no nos ha ganado. No ha mostrado ninguna credencial. Nosotros hemos mostrado todas las credenciales. Con el nacimiento, ¿nos ganamos la vida? No realmente, pero de seguro la hija de puta nos tiene atrapados... La muerte me provoca resentimiento, la vida también, y mucho más estar atrapado entre las dos. ¿Sabés cuantas veces intenté suicidarme? Dame tiempo, sólo tengo 66 años. Sigo trabajando en eso. Cuando uno tiene tendencias suicidas, nada lo molesta, excepto perder en las carreras de caballos. ¿Por qué será? A lo mejor porque uno usa su mente en las carreras, no su corazón. Pero nunca cabalgué. No estoy muy interesado en el caballo sino en el proceso de acertar o no, selectivamente”.
Las carreras: “Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”.
La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si mirás mucho a otra persona, te empezás a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido. Estoy mintiendo pero, creeme, es verdad”.
El tiempo libre: “Es muy importante tener tiempo libre. Hay que parar por completo y no hacer nada por largos períodos para no perderlo todo. Seas un actor o una ama de casa, cualquier cosa, tiene que haber grandes pausas en las que no hacés nada. Uno se tira en una cama a mirar el techo. Hacer nada es muy, muy importante. ¿Y cuánta gente lo hace en la sociedad moderna? Muy poca. Por eso la mayoría está totalmente loca, frustrada, enojada y odiosa. Antes de casarme, o de conocer a muchas mujeres, bajaba las cortinas y me metía en la cama por tres o cuatro días. Me levantaba para cagar y para comer una lata de porotos. Después me vestía y salía a la calle, y el sol brillaba y los sonidos eran maravillosos. Me sentía poderoso, como una batería recargada. Pero, ¿sabés qué me tiraba abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara nomás me hacía perder la mitad de la carga. Esta cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo. Pero aún así valía la pena, me quedaba la mitad de la carga todavía. Por eso el tiempo libre es importante. Y no digo tomarse tiempo para tener pensamientos profundos. Hablo de no pensar en absoluto. Sin pensamientos de progreso, sin pensamientos sobre uno mismo. Sólo ser un haragán. Es hermoso”.
La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas... pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa”.
La fealdad: “No existe. Hay algo llamado deformidad, pero la simple fealdad no existe. He dicho”. Érase una vez: “Era invierno, yo me estaba muriendo de hambre intentando ser escritor en Nueva York. No había comido en tres o cuatro días. Así que finalmente dije: ‘Me voy a comer una gran bolsa de pochoclo’. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba pochoclo a mi estómago que decía ‘¡Gracias, gracias!’. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: ‘¡Jesús!’. El otro dijo: ‘¿Qué pasa?’ ‘¿Viste a ese tipo comiendo pochoclo? Dios, era horrible.’ Así que no pude disfrutar el resto del pochoclo. Pensé qué quisieron decir con eso de que ‘era horrible’. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda”.
La prensa: “Disfruto las cosas malas que se dicen sobre mí. Aumenta la venta de libros y me hace sentir malvado. No me gusta sentirme bien porque soy bueno. ¿Pero malo? Sí. Me da otra dimensión. Me gusta ser atacado. ‘¡Bukowski es desagradable!’ Eso me hace reír, me gusta. ‘¡Es un escritor desastroso!’ Sonrío más. Me alimento de eso. Pero cuando un tipo me dice que dan un texto mío como material de lectura en una universidad, me quedo boquiabierto. No sé, me aterra ser demasiado aceptado. Siento que hice algo mal”.El dedo: (Levanta el dedo meñique de su mano izquierda) “¿Viste alguna vez este dedo? (El dedo parece paralizado en una forma de “L”). Me lo rompí una noche, borracho. No sé por qué, pero nunca se acomodó. Pero funciona perfecto para la letra ‘a’ de la máquina de escribir, y qué demonios, le agrega algo a mi personaje”.
La valentía: “A la mayoría de la gente supuestamente valiente le falta imaginación. Es como si no pudieran concebir lo que sucedería si algo saliera mal. Los verdaderos valientes vencen a su imaginación y hacen lo que deben hacer”.
El miedo: “No sé nada sobre eso”. (Se ríe.)
La violencia: “Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros”.
El dolor físico: “Con el tiempo uno se endurece, aguanta el dolor físico. Cuando estaba en el Hospital General, un tipo entró y dijo: ‘Nunca vi a nadie aguantar la aguja con tanta frialdad’. Eso no es valentía. Si uno aguanta suficiente dolor, uno cede. Es un proceso, un ajuste. Pero no hay forma de acostumbrarse al dolor mental. Me mantengo lejos de él”.
La psiquiatría: “¿Qué consiguen los pacientes psiquiátricos? Una cuenta. Creo que el problema entre un psiquiatra y su paciente es que el psiquiatra actúa de acuerdo al libro, mientras que el paciente llega por lo que la vida le ha hecho. Y aunque el libro pueda tener cierta perspicacia, las páginas siempre son las mismas y cada paciente es diferente. Hay muchos más problemas individuales que páginas. Hay demasiada gente loca como para resolverlo diciendo: ‘Tantos dólares por hora, cuando suena el timbre terminamos’. Eso sólo puede llevar a una persona un poco loca a la locura total. Recién empiezan a abrirse y a sentirse bien cuando el psiquiatra dice: ‘Enfermera, arregle la próxima cita’. Todo es asquerosamente mundano. El tipo está ahí para quedarse con tu culo, no para curarte. Quiere tu dinero. Cuando suena el timbre, que entre el siguiente loco. Ahora, el loco sensible se va a dar cuenta de que cuando el timbre suena, significa que lo cagaron. No hay límites de tiempo para curar la locura, y no hay cuentas para eso, tampoco. Muchos de los psiquiatras que yo he visto parecen estar al límite ellos mismos, además. Pero están demasiado cómodos. Creo que el paciente quiere ver un poco de locura, no demasiado. Ah, los psiquiatras son totalmente inútiles. ¿Siguiente pregunta?”.La fe: “La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya”.
El cinismo: “Siempre me acusaron de cínico. Creo que el cinismo es una uva amarga. Es una debilidad. Es decir: ‘¡Todo está mal! ¿Entendés? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!’. El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento. El optimismo también es una debilidad. ‘El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe.’ Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, joderse”.
La moralidad convencional: “Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano... es esperanzador”.
Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”.

Harry Almela Poesía

La poesía de Harry Almela
(Rafael Arráiz Lucca.)
«Yo no pretendo ser original. Ese no es el rasgo distintivo de la poesía. No es suficiente ni es necesario.Por eso me burlo y asumo la literatura como un juego»
La obra de Harry Almela (1953) está compuesta hasta ahora por ocho poemarios, lo que suma ya un conjunto considerable. Se inicia con Poemas (1983), un título en el que esplende el poema breve en su vertiente ungarettiana: luminoso, preciso, metafórico, distinto del aforismo de filiación surrealista o del epigrama latino, también distinto del fogonazo que pervierte la sintaxis. A esta veta le sucede otra de diversa índole, la que se expresa en Cantigas (1990), la que se realiza en la estructura del monólogo dramático. En él, el autor es mujer, es personaje histórico, se detiene a tomarle el pulso al pasado. El poema se realiza en el recurso de la intertextualidad, le abre la puerta a la cabalgata de la historia (¿un homenaje a Cavafy?) no sin apelar a la ironía o a otras inflexiones de la distancia, caras a la postmodernidad, Luego el paréntesis que significó Cantigas se cierra y el autor vuelve por los fueros de la brevedad luminosa (Fértil miseria, 1992; Muro en lo blanco, 1991; Frágil en el alba, 1993):

Nunca tuve bosques/como de animal o nieve/para trineos/pero más cerca/en el corazón tuve/un río /río tenaz/hospitalario/con puerta de piedra /blanca /hablaba/en mayo /se/quejaba/ bramando/venía /con ladrillos de/adobe/y /animales/endurecidos /yo /scuchaba/recostado/a las puertas/en sillas de madera.

Entonces su discurso se acercó a su punto más fino, la criba había hecho efecto. Sus poemas prístinos, tallados con una extraña ternura y nostalgia, comenzaron a leerse como postales enviadas desde otro tiempo, hablando de paraísos perdidos. En su voz se pudo catar entonces el sabor de la mejor tradición del poema breve entre nosotros: el nítido constructo que logra Pérez Só [Reinaldo] en sus primeros libros. Suerte de combinatoria entre el habla común, el monólogo del contemplativo, la reconstrucción melancólica y la transmutación de la experiencia en discreta categoría. Entonces, también, comenzó a leerse entrelíneas el peso de una cultura poética: desde sus versos hacen guiños tópicos, imágenes, recursos que han sido incorporados al discurso desde la experiencia vital epicéntrica de la lectura. Pero, además, en su obra comienza a transparentarse otro pálpito: el autor cultiva otros géneros, de allí que la pulsión del ensayista aflore a ratos, de allí que la elocuencia del narrador también emerja a veces.Si en sus libros el tema amoroso estuvo siempre presente, no es sino hasta la publicación de El terco amor (1996) que se hace omnímodo. Entonces el verso deja de ser corto, pero el trabajo espacial persiste. En verdad, ya es tiempo de decir que Almela no está casado con una sola estructura poemática, en cierta medida similar a la estrategia de Cadenas [Rafael], cada libro suyo presenta un desafío y una línea de investigación formal. Si primero hallamos el poema breve de verso corto, ahora hallamos el verso largo en el formato de silencio espacial, y antes ya leímos el poema de talante narrativo, en monólogo dramático, y luego leeremos el poema largo de reconstrucción anecdótica, en abierto parentesco con la familia de cierta poesía anglosajona o ya hispanoamericana. No cabe duda: la poesía es para Almela a la par que realización vocacional, expresión de su libertad indagadora, de su libertad experimental. Es polimorfa, mutante ambigua, se alimenta de la transgenericidad y de la ubicuidad de la corporeidad plástica.Los trabajos y las noches (1998) es expresión de lo que afirmé antes. En él nuestro autor levanta otro reino. El del poema abiertamente intertextual, el que se alimenta de poesía, referencias geográficas, la experiencia del viaje, la epístola, el haiku, la declaración de amor, su estadía en Cataluña, María Kodama como depositaria de su fervor borgeano, Palomares [Ramón], Sánchez Peláez [Juan], Sucre [Guillermo], la infancia y todo aquello que sea propicio a la libre navegación del poeta por las aguas más francas. Suerte de explosión de sus posibilidades narrativas, ensayísticas y poéticas, los textos son un compendio festivo de la libertad expresiva. Más que la articulación de un dolor, estos poemas constituyen una ampliación de la casa, un ensanchamiento de la capacidad torácica, un mezclaje, una liberación que no excluye en su registro el paso del desengaño, la furia, el hastío, la noria.

Todo vértigo finaliza/cuando se construye una nueva casa. /Adentro, restituidos/al fin de toda adversidad,/no se molesta a nadie. /Y cuando menos lo esperamos,/los dados de un dios menor
devoran las paredes/que con fuerza y temor has construido./Las hormigas se encargan del resto silenciosas. /Luego iniciamos el artificio de otra morada./Y así toda la vida.

Su último poemario se inscribe dentro de las coordenadas de su trabajo anterior a Los trabajos y las noches, su respiración es distinta al de este libro‑explosión, se titula Palabra o indigencia (2000). En él se le toma el pulso al latido de la personalidad, a la naturaleza de las voces interiores. Se proclama una búsqueda y un fracaso, y se hace de la escisión de la personalidad sustancia reflexiva. El dolor, el hastío, la indecisión retoman sus territorios y propagan sus hálitos. El tránsito complejo de la voz hablante retorna su voz susurrante y meditabunda, como si se articulara después de un esfuerzo, de una superación de sus propias barreras. La incomodidad ante el mundo se hace manifiesta, el odio ante la estulticia de su entorno citadino refulge, una suerte de reclamo a sí mismo y a los otros por su propia quietud se expresa. El festejo de la infancia ha pasado, el tono del poemario es presente y doble: luminoso en la expresión de una interioridad en trance, pero negro en la reconstrucción de un estado del ser. Pero no debe sorprendernos: la poesía toda de Almela responde a sus movimientos de ola, a sus marcas, a sus humores, es fruto de un alma crispada ante los cambios del viento. Y, sin la menor duda, una de las obras que viene haciéndose desde los años ochenta con mayor resonancia interior.

Las Instrucciones de Harry Almela



Instrucciones para armar un meccano

Para ahorrarle prolegómenos innecesarios al lector: se trata del más reciente poemario del excelso escritor venezolano Harry Almela (Caracas,1953) titulado con el azarístico nombre de "Instrucciones para armar el meccano" publicado bajo los auspicios editoriales de la Fundación para la Cultura Urbana y puesto en circulación en las postrimerías del año que recién termina.La parca, más bien diría que lacónica, Presentación que exhibe el magistral poemario de Almela nos dice: "Nuestro ya considerable catálogo se enriquece con la firma de Almela y con esta obra, su más reciente poemario, que confirma una voz singular de la poesía venezolana, una voz que ha sabido evolucionar hacia estadios de excelencia, sin traicionar sus impulsos iniciales y su impronta".Usted, respetado lector, puede rotular la poesía de Harry Almela con el adjetivo que quiera; es usted libre de ello y de cuánto le venga en ganas, lo que jamás podrá hacer será –si alguna vez es tocado por ella- quedar indemne después de leerla. Dicho de otro modo: nadie que lea un poema de este escritor venezolano de la diáspora puede seguir siendo el mismo. Su poesía está irremediablemente signada por un sello indeleble; cada verso viene de una ígnea fragua sintáctico-verbal que se asemeja más a un terrible incendio empalabrador y postmilitante que a una aséptica arquitectura de versos divorciados de su realidad histórica.El primer poema de "Instrucciones…" se intitula: Dedicatoria para decir adiós y constituye una impactante requisitoria a la perfidia que comenten los poetas oficiales, gubernamentales, los bardos apologetas y exaltadores legitimadores de las experiencias históricas monárquico-totalitarias. Con este poema (leído como es debido resulta una valiente antidedicatoria) Harry Almela se erige en uno de nuestros más envidiables parricidas de la literatura venezolana de los últimos cincuenta años. No puede ser más iconoclasta nuestro aún joven poeta. Su vigor expresivo hace que los lectores nos rindamos ante la evidencia incontestable de una poesía que brilla pero no encandila. Los tótems oficiales de la poesía nacional encandilan con su pertinaz oscurana, con sus cómplices beltenebras adulantes y sus genuflexiones ante la nómina ministerial. Al contrario, la poesía de Almela alumbra los senderos de la patria interior, cual faro en medio de la niebla, pero no enceguece ni anula los sentidos con ortodoxias ni dogmas inconmovibles. Bien lejos con los metarrelatos omnicomprensivos de raigambre redencionista está esta poesía de Almela parecida al grito de sal en medio de la sabana calcinada. Antes que postrarse a los imperativos de la inquina y del desafuero el autor de este libro nos dice:
"Es preciso escuchar eso/Que me llama /Cada noche desde el remoto día/Del dolor/Y te pido perdón, maestro,/Perdón por no seguir tus pasos".
Con una hidalguía digna de mejor encomio el poeta Almela señala el camino que hay que transitar en tiempos de repliegues y de tránfugas que se desdicen por una mísera dádiva.
"No será sencillo vivir bajo la luz /Que ciega y ha barrido con todo./No habrá ventana suficiente
Para mirar lo que falta./Las calles, las avenidas, /Las mulas devorando/El poco pasto de los vientos./Y cuando llegue el diluvio/Escribiré con nuevas palabras/La misma historia."
La conciencia plena que adquiere el poeta del tiempo histórico que le ha tocado vivir es puesta en evidencia mediante esa otra forma de conocimiento que es la metáfora que devela lo real y lo recusa, impugnándolo desde sus propios fundamentos empíricos. ¡"La realidad es insoportablemente asqueante: hay que cambiarla!" Parece ser una de las divisas que se infieren de algunos textos imprescindibles de este libro indispensable para comprender nuestro presente. El poema es, sin duda, un Vademécum de los desencantados, un catecismo para los irónicos. O en palabras del propio autor:
"Los que ya no sacrificamos aves /Para saber del futuro/Y aprendimos a desconfiar/De las barajas/A nosotros,/Quienes ya estamos del otro lado de la candela, /Sólo nos queda la escritura,/Mientras llegamos a ser /El olmo herido de Machado".
Un poema emblemático que con el correr de los años ha de convertirse en santo y seña de los escritores venezolanos, quién podría dudarlo, es el que lleva por título "Del oficio de escribir". Veamos."Entonces me dijeron:/Vete por allí, a decir lo que debes,/A cantar lo que no has vivido /Y deseas con ardor /También puedes contar lo que te ocurre. /Y heme aquí, en medio del campo,/
De la ciudad y del mapa, /Acostumbrándome más bien a callar, /Obligado a escribir lo poco que/ se me ha dado.(…) /Estoy harto de los domingos que huelen a diciembre, /De esta flor en medio del desierto./De los dientes que se me caen en el sueño,/De las alarmas de mi cuerpo que se pudre. /De la lectura de la Biblia./De la patria heroica. /De no saber a dónde me lleva este poema."
Debo subrayar con insistencia que este libro de Almela (perdóneseme el ritornello) es el más incendiario canto lírico de una casi extinta estirpe de desencantados que nunca sucumbió al meloso canto de las sirenas que anunciaban una revolución que a la postre devino en la más abyecta e inverosímil estafa histórica que jamás supuso "una nación llamada Venezuela". Obviamente también es un libro de horas para exiliados, para segregados y excluidos; en fin, un libro para los que aún confiamos a ciegas en el poder restaurador de la poesía.
Rafael Rattia